Aprendiendo a soñar - Tomás Sánchez Salazar
Hoy es domingo, 24 de marzo de 2019   ||   Última actualización 31/12/2012

A mis abuelos...

Un cuarto de siglo, para empezar...

De niño solía imaginar que la vida era sólo un sueño previo al nacimiento, y que en cualquier momento me despertaría para comenzar a vivir, con la ventaja de conocer gran parte de lo que me esperaba. También me gustaba imaginar que existían los extraterrestres, unos seres claramente superiores a nosotros, y que algún día me llevarían con ellos para enseñarme sus conocimientos y sus habilidades, y me permitirían volver a la Tierra para desarrollar todo lo aprendido. Otra de mis creencias infantiles era que los mayores podían saber lo que hacíamos en todo momento los niños e incluso que llegaban a escuchar nuestros pensamientos... Llegar a adulto (que mal me sienta ese adjetivo) y comprobar que no es cierto, más que alivio (con lo formal que he sido yo siempre) me causa tristeza, porque es casi como admitir que nunca despertaré de éste sueño para comenzar a vivir, o que nunca conoceré seres de otros planetas (con la ilusión que me hacía).

En la imaginación de un niño todo tiene cabida, pero según nos hacemos mayores, vamos construyendo muros a su alrededor, hasta que los muros son tan altos que es imposible saltarlos (poco probable, para ser más correctos) y llegamos a olvidar qué escondemos ahí dentro. Es entonces cuando nos califican de sensatos, que imagino (mis muros son todavía pequeños) que es como calificaron al primero que dijo que la Tierra era redonda, o al que aseguró que el hombre llegaría a la Luna, o al que pensó que desde lo alto del cielo, alguien escucha sus palabras.

Nadie me ha enseñado a creer en Dios, pero no por ello he dejado de hablarle a las estrellas. Cuando me encuentro sólo, con la complicidad de la noche y una inmensa legión de estrellas por compañeras, me resulta fácil dialogar con los que ya se han ido, incluso con alguno al que no tuve la suerte de conocer... pero que he conocido y en especial con dos de ellos: uno que me dio su nombre y otro que dio su apellido. Estoy seguro de que, estén donde estén, ambos escuchan mis palabras y me están dedicando sendas sonrisas que no puedo ver, pero que guardo en el alma.

Han pasado 25 años desde aquel 20 de diciembre de 1979 en el que me empeñé en que había llegado la hora de salir del vientre de mi madre, y la desperté de madrugada. En este cuarto de siglo, he comenzado a descubrir la vida, con sus luces y sus sombras, pero siempre me he resistido a perder esa libertad con la que nacemos y que nos permite no poner freno a nuestras ilusiones, y espero resistirme, por lo menos, un cuarto de siglo más. Así que mientras los extraterrestres llegan y antes de que me despierte para volver a empezar, quisiera daros las gracias por estar ahí, llenando de pisadas mi camino y por ayudarme a crecer como persona, y al mismo tiempo disculparme si alguna vez me equivoqué o si de alguna manera os herí. Mis más sinceras disculpas.

Nos vemos en mis sueños (y ojalá en los tuyos).

20 de diciembre de 2004

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